Cuando la calle ‘piensa’, el edificio ahorra energía y la luz se autorregula.


 

 

La idea de smart city no entiende de fronteras ni de idiomas. El cambio de mentalidad implica, literalmente, a todo el mundo. No hay ciudades que no sean susceptibles de transformarse en una ciudad inteligente: desde grandes urbes, como Pekín (China) o Toronto (Canadá) hasta municipios pequeños, como Sant Cugat del Vallès (Barcelona).

Una corriente que empieza por arrastrar a empresas y gobiernos locales, para que finalmente repercuta en el día a día de los ciudadanos y en el medio ambiente. La innovación y la tecnología son dos de los vehículos fundamentales hacia una sociedad smart, concepto que es aplicable tanto en ciudades construidas, como las de Europa, como de nueva creación, por ejemplo, Masdar (Emiratos Árabes).

Múltiples registros

Iluminación, agua, redes ferroviarias, contenedores de basura, edificios, aparcamientos, plantas desalinizadoras, tráfico viario, aeropuertos y servicios públicos pueden mejorar su gestión con las nuevas tecnologías.

En el transcurso de la primera edición de la Smart City Expo & World Congress se presentarán algunos otros casos de ciudades que han desarrollado proyectos para convertirse en inteligentes, como Yokohama (Japón), Bangalore (India), Ámsterdam (Holanda), Birmingham (Reino Unido) San Francisco (Estados Unidos), Santander o Barcelona.

Una vía con cabeza

La calle César Martinell del municipio de Sant Cugat del Vallès (Barcelona) es la primera vía inteligente de Cataluña. La calle tiene un sistema de gestión basado en la instalación de varios sensores que regulan servicios como la iluminación, la recogida de la basura, la movilidad viaria y el reciclaje. La información se destina a una base de datos para el análisis y la optimización de estos servicios.

Control centralizado de la red de trenes

Centralizar el control de la red nacional de trenes de China ha costado alrededor de 512.000 millones de dólares. El proyecto abarca la gestión de instalaciones ferroviarias de más de 4.000 kilómetros de vías que recorren los 9,5 millones de kilómetros cuadrados del país. El sistema controla los servicios de información al pasajero –horarios, incidencias y vídeo–, los puntos de venta automáticos, los sistemas de seguridad –red de circuito cerrado de televisión, alarmas e incendios–, entre otros. Según cálculos del Gobierno chino, el ahorro de costes que supondrá el nuevo sistema de control centralizado de la red ferroviaria permitirá un retorno de la inversión en 5 o 6 años.

Un edificio ahorrador

El Bella Center de Copenhague (Dinamarca), que en 2009 acogió la conferencia sobre el cambio climático, evita la emisión de 1.150 toneladas de CO2 al año. Una cifra equivalente a conducir siete millones de kilómetros en coche. Se calcula que en los próximos años las emisiones más contaminantes estarán causadas por estas infraestructuras. El proyecto implicó reestructurar la iluminación, las bombas de circulación, la ventilación, la refrigeración y los sistemas de seguridad, entre otros. El resultado demuestra que la buena gestión de la energía en edificios no solo reduce las emisiones contaminantes, sino que también genera importantes ahorros a corto plazo.

Una planta desalinizadora que funciona a partir de la energía eólica

Considerada la mayor planta desalinizadora de Australia, Sydney Water Corporation tiene una producción media de 250 millones de litros de agua al día, lo que equivale a la capacidad de cien piscinas olímpicas. El cien por cien de la energía que consume la infraestructura se obtiene a partir del viento. La desalinizadora recibe la energía de una macroplanta eólica, que cuenta con 67 turbinas eólicas. Esta solución permite ahorrar 1.500 MWh. La actividad de Sydney Water Corporation –que genera el 15% del agua potable de Sidney–, cubre un área de 12.700 kilómetros cuadrados y dota de agua potable, agua reciclada y sistema de alcantarillado a más de cuatro millones de personas de Sidney y sus alrededores.

La luz se vuelve inteligente

La ciudad de Birmingham (Reino Unido) lidera la transición hacia una iluminación sostenible. El municipio británico gestiona a distancia el consumo de luz en las calles y vías urbanas permitiendo el encendido, apagado o atenuado según la demanda que hay en cada momento, en cada zona. El Ayuntamiento logra un ahorro de hasta un 50% de dióxido de carbono y 90 megavatios de energía al mes.

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